(Segunda de tres Partes)
El afecto constituye una necesidad básica del ser humano y, particularmente en el niño, es la base sobre la que descansa su educación y desarrollo. De esta manera el desarrollo afectivo: emociones, sentimientos, estados de ánimo y otras manifestaciones del componente afectivo de la personalidad, tienen una significación crucial en el proceso de formación del individuo. La afectividad constituye un reflejo especial de la realidad objetiva, provocado por los contextos socio-ambientales y, por lo tanto, dependiente de sus propiedades, que expresan en forma de vivencia cotidiana la relación que el hombre establece hacia estos objetos, fenómenos, y personas que lo rodean y proyectan. Estas manifestaciones afectivas –como lo pudimos ver líneas arriba- pueden proceder de estados y procesos internos, y también de lo externo, de la realidad que rodea al hombre. Y aunque la realidad es la fuente de las manifestaciones afectivas, no todo aspecto de la misma provoca vivencias afectivas, sino aquello directamente relacionado con sus necesidades y motivos, presentándose de manera distinta en los distintos sujetos, y adquiriendo diversa intensidad y significación subjetiva para cada quién. El medio externo, el medio social, va a ser lo determinante en la génesis y desarrollo de las vivencias afectivas, que se van a manifestar en el sujeto vía orgánica, funcional, que son el sustrato y correlato fisiológico de lo que sucede en el plano psicológico. De allí que las vivencias afectivas actúen como un termostato de la conducta y por lo tanto, no necesariamente tienen un carácter desorganizador del comportamiento, como pudiera parecerle a algunos, sino de faro y vela mental, de regulador emocional de la conducta. De aquí su importancia central en el desarrollo del niño, y del sujeto en general.
Es decir, las vivencias afectivas tienen dos funciones principales: una señalizadora, que indica la relevancia subjetiva que tienen los objetos y fenómenos de la realidad para el sujeto, y otra reguladora, orientando y conduciendo la actividad del mismo y matizando su actuación. Señala y regula.Las manifestaciones afectivas pueden mostrar diversas formas: emociones, sentimientos, estados de ánimo, pasiones, entre los cuales existen estrechas relaciones. Pero además, los objetos y situaciones del medio pueden tener para el individuo un determinado tono afectivo, que hace que un libro sea interesante, un filme aburrido, una persona agradable.
Entre las manifestaciones afectivas y los procesos cognoscitivos existen estrechas interdependencias y relaciones, y de acuerdo con los diversos autores, se han planteado posiciones teóricas diversas, que van desde considerarla como proceso aislado, sin relación alguna entre sí o reduciéndolas a uno u otro polo como sucede en Freud y otros autores; una posición intermedia que los valora relacionados pero con paralelismo e isomorfismo entre ambos procesos, como es el caso de Piaget; hasta plantearla en necesaria unidad, dependencia e interacción causal, tal como se establece en el enfoque histórico – cultural de Vigotski, posición que actualmente va siendo asumida cada vez más por aquellos que estudian la interrelación de los componentes afectivo y cognoscitivo.
Así nos encontramos una vertiente que describe al desarrollo emocional aislado de los factores cognitivos, donde lo afectivo parte exclusivamente de lo interno y el medio social es prácticamente no tenido en cuenta, y si lo hacen, es solo como actualizadores de lo que está internamente determinado. Desde este punto de vista, lo afectivo está ligado a la satisfacción de las necesidades fisiológicas, y en una combinación de factores genéticos y ambientales.
La segunda vertiente suele inscribir a lo afectivo casi exclusivamente dentro del contexto cognitivo, con poco énfasis en la génesis social, y en la que lo afectivo está determinado por lo interno, y se socializa progresivamente sobre la base de la adaptación al mundo exterior, funcionando el medio también como actualizador de lo condicionado internamente.
Una tercera posición que contempla al niño como ser social desde su nacimiento, y donde lo afectivo, relacionado inicialmente con la actividad nerviosa superior y producto de reacciones orgánicas elementales, va cobrando una naturaleza reflejo -condicionada, ante estímulos vitales que surgen por la interrelación y comunicación del recién nacido con el adulto.
No obstante la aparente divergencia, todas las definiciones de una forma u otra coinciden en considerar a la comunicación afectiva como una forma de interrelación humana, que expresa las relaciones de los individuos entre sí, que se da dentro del proceso de la actividad, y que constituye un elemento trascendental en la formación y funcionamiento de la personalidad, lo que lleva a considerar a la afectividad ya no solamente como un medio de intercambio de información fisio y psicológica entre las personas, sino como una categoría que trasciende todas nuestras actividades.
Desde el punto de vista del desarrollo del hombre no puede verse solo como producto de la interacción de éste con el mundo de los objetos, sino también como consecuencia de su relación con las personas. El sistema de relaciones del hombre como sujeto con el mundo de los objetos no completa el proceso de vida, sino también a través del contacto comunicativo con los otros hombres.
Por tanto la comunicación afectiva es condición indispensable del desarrollo del individuo, y no puede concebirse el desarrollo humano sin la esfera afectiva. Ello hace a la comunicación como la expresión más compleja de las relaciones humanas, donde se da el intercambio de ideas, actividades, representaciones, vivencias, y que constituye un medio esencial de la formación de la personalidad.
De esta manera se destacan tres componentes de la interacción humana: Pensamiento, lenguaje y afectividad (como una forma de lenguaje no verbal). Estos componentes aunque convergen no significan una identidad, sino una unidad dialéctica, en la que cada función psíquica tiene sus propias particularidades y tareas a resolver, interrelacionándose e influyéndose mutuamente.
Sí esta triple unidad de afectividad, lenguaje y pensamiento constituyen la base del desarrollo humano, y en especial del desarrollo infantil. Es preocupante que en procesos de formación y educación dicha unidad se sabotee o se tienda a desintegrar. A no ser en las primeras etapas de la formación, en los subsistemas posteriores, los componentes van cada uno por su lado, y en educación básica, y sobre todo media y superior, la afectividad se reduce a la vida “privada”; el lenguaje se reduce a una “habilidad”; y el pensamiento, sobre todo el complejo, se reduce a una mera “capacidad”; teniendo en consecuencia una desagregación de esa unidad básica del desarrollo. Nuestra propuesta o apuesta es revertir la tradición pedagógica y buscar reintegrar dicha unidad en todos los subsistemas escolares.










